Esa tarde íbamos navegando, Donato manejaba el bote. De pronto nos dice “¿quieren conocer mi casa?” y nosotros obvio!
Estacionamos el bote en un pequeño muelle, estaba todo lleno de barro porque llovió la noche anterior, los monos se movían entre los árboles y la madera crujía de lo húmeda que estaba. Era la casa de Donato.
Era difícil descifrar si estaba comenzando la construcción o la había abandonado hace poco, pero era lindo igual.
Pasamos unos 40 minutos ahí, conversando, riendo. Nos sentamos en un pequeño muelle a reírnos, a sacar fotos, mientras Javier nos mostraba sus músculos.
Luego nos volvimos a subir al bote y nos acordamos que íbamos ese día a buscar anacondas.
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